lunes, 30 de julio de 2012

Poema: El cafetal

Por Pinocha Girasol Gepetto, Historiadora
Desde que comenzó este Blog, Amapola Pinocha Del Valle ha estado buscando, en su biblioteca personal, los libros cuyo contenido alimenta sus recuerdos. En días recientes, ella ha estado leyendo algunos de los libros de la Colección Libros para el Pueblo, publicada por la División de Educación a la Comunidad del Departamento de Instrucción Pública y por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, en las décadas del cincuenta y del sesenta del siglo xx. Algunos de estos libros ella los conserva en su biblioteca como amadas reliquias. Hoy desea compartir con nuestros amigos lectores algunas de sus páginas con ilustraciones de Rafael Tufiño*, dedicadas al tema del café:


Poema: El cafetal** por Juan Avilés***
Yo soy el cafetal, de monte adentro, del llano y de la jalda. A pecho me he subido al varillaje de la verde sombrilla de las guabas. Soy el íntimo amigo de los cedros, del capá señorial de la hondonada, del plácido algarrobo de la loma, de las ceibas gigantes, de las jagüas, del lechoso caimito amarotado, del frondoso guamá de la quebrada, del endeble yagrumo, y de los robles que mecen huracanes en sus ramas. ¡Yo los conozco a todos¡ ¡Eran míos¡ ¡Eran mis compañeros de la infancia!
¡Yo soy del cafetal que ayer fue todo! Yo soy del cafetal que era la patria!

En las tres florecidas del cafeto vi los adornos de estrellitas blancas con que el jíbaro cándido de entonces bordaba sus coronas de esperanzas.
Más que flores sencillas del cafeto eran una promesa realizada. Ellas traían el pantalón del viejo, la camisa, la falda, la cajita de polvos de la niña que ya se enamoraba, las cintas para el traje de la novia, el encaje sutil para la enagua, el jabón perfumado que estaba en baratillo en la quincalla; la peseta del baile de los sábados, el sombrero de Italia, y los zapatos del pujante mozo que, pasada las fiestas, los colgaba como escudo de jíbara nobleza de la viga más alta de la sala.

Los cafetales de los tiempos míos florecían con flores de esperanzas.
Yo presencié la gloria indescriptible de las tres maduradas: de los primeros granos orilleros hasta el verde y maduro. ¡Retumbaba la voz de la alegría por esos montes! ¡Ese era el carnaval de la montaña!
Aún recuerdo la voz del mayordomo dando corte al peonaje en la mañana. –Siga usted por aquí, de este naranjo hasta el pie de la jagua. –Usted, por esta hilera, hasta el yagrumo. –Siga usted el zanjón, hasta la palma.

Y emprendían los peones su faenas. Se escuchaba la décima ensañada del mozo enamorado de la moza que no le daba el sí. ¡Todo vibraba como si cada grano despajado fuera a dar en el alma y arrancara una nota de alegría que llenaba de voces la montaña!
Terminada la pródiga cosecha la fiesta comenzaba… ¡La gran fiesta de acabe de otros tiempos! ¡Fiesta del corazón prendido en llamas! ¡Fiesta del cafetal, hecha más fiesta con la música brava!
¡Viva el pastel nativo envuelto en hojas, y el clásico lechón asado en vara! ¡Viva el ardiente ron de aquellos tiempos que abrazaba gargantas, y hacía bravos y audaces a los tímidos, y ponía contoneos en las muchachas!

Así fue año tras año, la fiesta más castiza de la patria.
Hoy canto al cafetal con la tristeza del que lleva en el alma un recuerdo que duele, algo perdido por épocas lejanas.
Se esfumó el cafetal de aquellos tiempos y la verde sombrilla de las guabas; se fugaron los cedros y el capá señorial de la hondonada, el plácido algarrobo de la loma, las ceibas gigantescas y las jaguas; los endebles yagrumos y los robles que mecían huracanes en sus ramas; el lechoso caimito amoratado y el frondoso guamá de la quebrada. Hoy está más lejano el horizonte porque viste otro traje la montaña.

Yo soy del cafetal que ayer fue todo. Hoy lloro el cafetal que ya no es nada.
Mi canto al cafetal es canto triste. Más que canto es plegaria. Mientras contemplo la desnuda tierra
busco el arbusto que se fue. La Patria se lo entregó a los brazos y al machete y la tierra quedó sacrificada.
Quizás un día cercano resurja el cafetal en la hondonada, y arrope, como entonces, las llanuras y vuelva a enseñorearse en la montaña.
El cafetal de ayer no está muy lejos. Se fue de viaje y volverá mañana. ¡Y con el cafetal, cuando regrese, la patria ausente volverá a la patria!
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* Rafael Tufiñ0 nació en el año 1922 en Brooklyn, N.Y. Cuando pequeño, su familia se trasladó a Puerto Rico. En 1943 sirvió al ejército en Panamá. Luego viajó a Nueva York y a México. En 1950 regresó a Puerto Rico y entró a formar parte del Taller de Artes Gráficas de la División de Educación a la Comunidad. Posteriormente se incorporó a los talleres del Instituto de Cultura Puertorriqueña, fundado en el 1957 y dirigido hasta el 1973 por el artista Lorenzo Homar. Tufiño fue un gran maestro de la pintura y el grabado, falleció en el año 2008.
*** El poeta Juan Avilés Medina nació en San Sebastián en el año 1905 y falleció en 1994.

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